miércoles, 11 de mayo de 2011

Un día más en la vida de gonzaloarango

UN DÍA MÁS EN LA VIDA DE gonzaloarango



Espiando en la calma cósmica un hombre emite repudios, los asoma incesantemente por la ventana entreabierta de algún planeta olvidado.

Su condición es la de un profeta herido por el arma de doble filo de la desesperanza, libra batallas añosas para enaltecer el ego mórbido de sus contrarios y fustiga etéreamente la dignidad envilecida de la altivez terrena.

En los albores de la década del 30, de la tierra brota un hombre, una semilla voluptuosa de tozudez y de encantamiento voraz enraizado en el lugar de las clericales agonías del deseo, donde el instinto del hombre es atajado con ceños encogidos por un evangelio incomprendido y desdibujado que le brinda sus espaldas al hombre.

Ha sido llevado al cadalso incontables veces y despiadados verdugos se han disputado su cabeza por considerarla atiborrada de ideas negras y profanas pero al menor descuido se escabulle entre sonetos y lucidos preceptos que le hacen acreedor al próximo patíbulo y a su próxima fuga.

Es gonzaloarango santo y a la vez seña de una generación llamada por él a una agitación sin erudiciones enmascaradas que propende por la Nada echa poesía, por el amor sin urnas de cristal, una generación que le sigue paseándose jubilosamente por los frontispicios arzobispales arrebatándoles las vestiduras a los santos de palo que huelen a incienso.

Místico refugiado en su monasterio móvil iluminado por el ruido dorado de las presencias que se arrastran perfumando su camino a la locura, en una época dominada por los tiranos opresivos hijos de la norma abyecta; sus palabras son gritos siderales que profetizan el advenimiento de la debacle, del armagedon de la postura intelectual enfermiza que cohabita con el poder y el oropel, cuantas profecías fueron cernidas sobre las nubes negras que oscurecen el alma; fueron dichas sus palabras sin fútiles requiebros, fueron cometidos sus pecados sin ascetismos tempranos.

Abandonó la academia por un íntimo llamado a la rectitud y por un deber ineludible con el rigor literario, sacudió su fuero interno, se adueño de un cráneo olvidado por alguien en un cementerio de Medellín y se refugió en el campo para afilar su pluma y acicalar sus alas de ángel misterioso y allí profetizó su muerte.

80 años hace que nació en Andes Antioquia este hacedor de arengas poéticas y políticas, este mago de las palabras y de los escándalos, este escritor incendiario hijo putativo de Fernando González Ochoa en esencia mesiánica y profética, exterminador de poses fingidas, continuamente sumergido en la ebriedad de la belleza artística, hondo, escuálido, maldito; llenó sus bolsillos de poemas escritos en papel higiénico porque como él mismo lo afirmó: “si el nadaísmo hubiera sido en inglés no estaríamos así de pobres.”

Creador de la nueva oscuridad, se diluyó entre tinta que huele a día de elecciones; creyó sin cesar en el poder de una cultura sin trapos prestados y en contraste adornada con la verdad y la honestidad poética, la misma que apuntalaban sus discípulos con su creación literaria y con sus lozanas inquietudes vitales que más que una simple intención creadora, hicieron del Nadaísmo su esencia trascendental; huyeron de la inmundicia, de toda moral convencional para refugiarse en los cafetines de mármol muerto del centro de Cali o Medellín ciudades que fulguran entre gritos estridentes de mutantes arrebatados por el dolor y la ausencia, cafetines convertidos en sus templos, en sus mezquitas, o en el lugar de sus ardorosas pasiones.
“Un perfume en una fábrica de martillos” como podría decir Eduardo Escobar uno de sus más adelantados discípulos, sobre gonzaloarango, un prestidigitador de astucias un magistral encantador de víboras amenazantes, un desenmascarador de arbitrarios augurios.

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