viernes, 9 de abril de 2010

El Aguilucho, inicio de una gran obra


Bogotá Junio 17 de 1927 Volumen .1 No. 1

Por: Oscar Tujillo Zuluaga.
Aún tengo clavadas como agujas en la memoria las palabras que alguien muy entendido en lo que yo me muestro tan bisoño, dijo alguna vez sobre todo aquel que “con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla” está sin saber qué hacerse ni que decir porque ignora sobre qué ha de tratar.
De esta manera inicia la página editorial del hasta ahora naciente El Aguilucho, publicación dirigida por el estudiante de último año de bachillerato Eduardo Caballero Calderón quien con admirable honestidad y modestia aclara su inexperiencia apenas entendible en el ejercicio noble de la escritura pero que para nada se correspondía con lo que en esas primeras líneas podía leerse, pues lo que a priori se evidenciaba era un impecable estilo digno de un avezado escritor, más que de un mozalbete próximo a graduarse del Gimnasio Moderno lugar y casa editorial de la anteriormente reseñada publicación, en la que denota un carácter sin pretensiones, cálido y particular.
Su pluma influida por visionarios literatos como Julio Verne, Proust, León Tolstoi, Dostoievski y Ortega y Gasset (para no hacer mención de otros) inicio su extenso recorrido por géneros como el cuento, la novela y el ensayo, siendo este último su predilecto pues es en el que enuncia de mejor manera su rigor estilístico y técnico sin desatender la poetización de sus textos enraizados en su entrañable Tipacoque de donde hace acopio de vivencias y las pulimenta con admirable imaginación y las hace llegar hasta las manos y el alma de lectores del mundo entero.
Abandonar La Universidad Externado de Colombia la que fue su Alma Mater en el tiempo en el que realizó estudios de Derecho y Ciencias Políticas fue un acto personal y profundo teniendo en cuenta sus anhelos periodísticos y literarios los cuales ejerció de manera ininterrumpida en periódicos de enorme relevancia en nuestro país y en algunos proyectos personales, a la par con su presencia en cargos públicos.
Utilizando Swann como seudónimo dejó en la memoria impresa del país textos poseedores de un singular virtuosismo estético, capacidad y suficiencia conceptual propios de un heredero de Lucas Caballero su padre, quien investido con su parafernalia militar cultivo en sí mismo y en sus vástagos, un insondable espacio espiritual pletórico de artes y letras.
“No me angustia mi desaparición sino la del género humano” declaró para la revista Cromos en 1976 muchos años antes de que su partida de este planeta hermoso y conflictivo llegara hace 17 años.
Se cumplen 100 años de su natalicio y 17 de su deceso y nuestro país sin memoria no ha dedicado homenajes valiosos para este Caballero de las letras y el periodismo colombiano que compartió como ningún otro escritor de nuestro país, los anaqueles de las principales librerías del mundo con García Márquez a quien contemplo abismalmente inferior que Caballero Calderón.

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