Aunque pertenezco a ésta generación signada por la virtualidad en todas las áreas amistad, empleo, conocimiento y demás; y aunque reconozco la Internet como esa magnífica manera de hacer todo más asombroso, soy enamorado absoluto del olor del papel en cualquier edad (nuevo o amarillento por los muchos días) y de la tinta que mancha los dedos de historias y acontecimientos.
Cuando al fin el calendario colgado de una puntilla en la pared amarilla de mi cuarto señalaba el domingo, parecía que todo se hacía más feliz de lo que era, después de cumplir con lo alguien denominaba El Deber tomábamos ese cartapacio de colores que aguardaba con su vocación exhibicionista a que nuestros ojos lo descubrieran una vez más, a que sus secretos fueran revelados por nuestros sentidos.
El periódico dominical era más abultado y más llamativo que los demás días, su sección para niños parecía creada única y exclusivamente para mi, parecía que toda la redacción conocía mis gustos y nacientes aficiones y me daba gusto; al final de la tarde mis manos y hasta mi rostro estaban marcados por esa inmersión en esas aguas planas plagadas de historietas y experimentos caseros, mis horas las había compartido con Calvin y Hobbes construyendo una casa en un árbol; o tratando de ponerme el casco Vikingo de Olafo, mil aventuras entre Mafalda y su vecino de página Snoopy, luego con mi deseo de saberlo todo me asomaba a las aguas un tanto más densas del periódico de los grandes donde acababa de teñirme las manos de conflictos y poesía noticiosa.
Ese contácto me permitía "untarme" literalmente de la vida, de casos y de cosas como decía ese hombre sabio; así que deseo fervientemente que mi hijo pueda acceder a ese enorme parque de diversiones que se llama periódico y revista impresa aunque también que se pierda en la urbe digital pero que comprenda que el libro no puede morir jamás.
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